Cocina: Una lección de energía

Cocinar es, pura y simplemente, química. Claro que no solamente es eso. También es física. Porque, salvo contadísimas excepciones –ni siquiera para preparar una ensalada niçoise, pues necesita huevo duro–, ponerse el mandil de cocinero exige jugar con la energía.

Éste es un término curioso. Todo el mundo habla de ella e incluso le imponemos atributos morales: energía positiva y energía negativa. Sin embargo –y como ocurre con otro concepto físico, el del tiempo–, nadie se siente capaz de dar una definición de lo que es.

Así que debemos dejar las cosas bien claras desde el principio: la energía, como cosa, no existe en el sentido en que existen los átomos, los fotones de luz o el ácido acético. La energía no es más que un número que los físicos calculan mediante una serie de fórmulas. Así, si viajamos en un avión podemos calcular la energía cinética, de movimiento que llevamos; o si subimos a una de las torres del Pilar tendremos energía potencial gravitatoria –como le ocurre a cualquiera que se encuentre encaramado a cualquier sitio–. Y hay energía eléctrica, magnética, varias nucleares… ¿Para qué sirve ese número? Los físicos han descubierto que existe una regularidad en la naturaleza –ellos la llaman simetría– que se puede cuantificar. Por parafrasear el símil usado por el gran físico y premio Nobel Richard Feynman: imaginemos a Daniel el Travieso –o sus homólogos hispanos Zipi y Zape– jugando con un Exin Castillos –le tengo cierto amor a este juego de niñez–. Tiene 300 piezas para hacer lo que quiera… y eso hace. Pero al final del día, haya hecho lo que haya hecho, seguirán quedando 300 piezas. Lo mismo ocurre con la energía: si antes de cocinar un excelente cochinillo de Arévalo –aunque me gusta más la palabra vallisoletana tostón– tienes 400 lo-que-sea de energía, al terminar tienes que seguir teniendo 400. No repartidos de la misma forma que al principio, pero sí seguirá habiendo los mismos. Esto es el llamado principio de conservación de la energía. La diferencia es que aquí no hay piezas de Exin, sólo números.

Vayamos ahora con la palabra “calor”. Con ella sucede lo mismo que con la energía: tenemos calor pero si preguntamos inocentemente ¿dónde? O nos miran con cara rara o simplemente nos ignoran. El calor es peor que la energía porque no sólo no existe sino que, además no es algo que podamos identificar con algo porque se trata de un proceso. Es una de las dos formas que la naturaleza tiene para transferir energía de un sitio a otro. La otra es el trabajo –una palabra que en física tiene un significado mucho más restrictivo que en el mundo cotidiano–. No vamos a entrar en ello, pero cuando hablamos de calor –y que habitualmente confundimos con otra misteriosa palabra, la temperatura– nos referimos a un tipo de transferencia de energía que no hace otra cosa que elevar la temperatura de un cuerpo. En la cocina, como en cualquier otro lugar, esta transferencia en forma de calor se puede hacer de tres y sólo tres formas: conducción, convección y radiación.

El primero tiene lugar cuando se calienta un sólido y es lo que sucede cuando dejamos una cuchara de metal al fuego. Del mismo modo, el calor del horno se transmite al interior de un asado porque las moléculas de la superficie, al calentarse, vibran intensamente chocando con las más internas y transmitiéndoles energía. Es como el juego de las bolitas: cuando golpeamos a la de un extremo, la situada al otro lado sale disparada…

La convección es el mecanismo que utilizan los líquidos para calentarse. Al hervir agua en un puchero borbotea porque la materia caliente del fondo asciende y baja la fría de la superficie. Es curioso que este mecanismo de transmisión de energía se descubriera en la cocina. De hecho, fue hecho un científico aventurero y maestro de escuela llamado Benjamin Thompson, posteriormente conde Rumford del Sacro Imperio Romano. Casado con la viuda del gran químico francés Lavoisier, un día se preguntó porqué su puré de manzana tardaba más en enfriarse que la sopa. Ahora sabemos que un líquido viscoso tarda más porque se mueve con más dificultad, que es justamente la forma que tiene el líquido de transportar energía de un punto a otro.

Finalmente, el tercer sistema para calentar la comida es la radiación, el modo en que nos calentamos un frío día de invierno frente a una chimenea. Este mecanismo es la base de los asados y las pizzas. El fuego y el grill emiten rayos infrarrojos que, al ser absorbidos, calientan y cocinan los alimentos.

Claro que, si no somos demasiado quisquillosos, tenemos la energía manual que generamos al batir con firmeza la clara de huevo para hacer un merengue…

Texto: M.A. Sabadell
Fotos: Autor

Gaitas gastronómicas

Desde hace ya algunos años, ciertas palabras, o al menos nuevas acepciones, han sobrevenido nuestro vocabulario familiar. Términos de nuestro idioma como reducción, baja temperatura, deconstrucción, texturas, farsa, brisa, velo… O adaptaciones de otros idiomas como bouquet, carpaccio, crudité, tataki, etc., complementan, en muchas ocasiones mal escritas o mal pronunciadas, las sugerencias de camareros y maîtres. La visión de estas palabras durante el íntimo ritual de la lectura de una carta gastronómica viene poniendo en funcionamiento ciertos mecanismos automáticos absolutamente imposibles de inhibir.

Este proceso espontáneo tiene que ver con un aumento subjetivo de las expectativas de resultado que vamos a proyectar sobre la comida que vamos a disfrutar. Así, cuando nuestro cerebro lee ensalada ilustrada no activamos este mecanismo, y es por ello que el plato nunca podrá abocar en un fracaso radical. Sin embargo, cuando nuestro cerebro percibe bouquet de lechuguitas sobre láminas de queso de cabra altoaragonés en confitura de frutillos del bosque, y caramelo de miel de eucalipto… cuidado. Nuestro cerebro comienza a funcionar. Primero comenzamos a salivar con una frecuencia y cantidad desmesurada. Segundo, nuestro cerebro nos obliga a proferir una frase automatizada a nuestros compañeros de mesa, “Uhmmm, Tiene buena pinta, ¿eh?”, creemos que lo decimos porque queremos, pero no, craso error, es todo parte del mecanismo en cuestión. Y tercero, nuestro cerebro aumenta inexorablemente los umbrales de la satisfacción hasta límites muy superiores de los que disponíamos horas antes mientras comíamos en casa de nuestra madre, eso ya no es suficiente. En algunos individuos este mecanismo solo actúa como un sensor de pijez (permítaseme la expresión) y esnobismo desenfrenado que desemboca en una histriónica negativa a la ingesta de cualquier producto que apareciera en la susodicha carta.

En ciertos casos lo prolífico del verbo utilizado por el cocinero solo consigue que la propuesta sea automáticamente declinada por los clientes que se muestran más escépticos a admitir ciertos cambios en sus hábitos gastronómicos

El hecho es que estas palabras, y muchas otras, algunas utilizadas en sus acepciones naturales, y otras empleadas como audaces metáforas culinarias, no son más que un intento de traducir el cuidado y la sofisticación con la que se ha creado un plato, su etiqueta, su nombre, su carta de presentación. Al fin y al cabo toda esa dedicación, el cariño, se quedará entre el cocinero y el plato si este no es lo suficientemente sugerente como para ser elegido por el comensal. Cierto es que, en muchas ocasiones, son solo adornos y ornamentaciones lingüísticas que no se refrendan en el plato, pero demos un voto de confianza a nuestros cocineros, y no perdamos tiempo en aquellos que realmente son mejores poetas que chefs.

Pero entonces, ¿son estas palabras el prólogo de un gran ágape? No necesariamente. ¿Significa la ausencia de éstos términos la antesala de una cena pobre y mísera? En absoluto. Lamentablemente, algunos cocineros se han centrado en desarrollar platos centrados en esos neologismos sobre los que versan estas líneas, en detrimento de un factor que sí que es fundamental, y condición sine qua non, para dar con una receta de éxito: el producto.

Hace algunos días, con un par de amigos, compramos solomillo de ternera y recogimos unas cebollas tiernas del huerto de uno de ellos. Los productos solo hicieron una parada en su ruta hasta nuestros estómagos, un breve viaje sobre unas brasas de roble, y el pobre acompañamiento de unos granos de sal, y en el caso de las cebollas algo de aceite y vinagre. Sin deconstrucciones ni gaitas. Buena carne, unas cebollas impresionantes y, por qué no decirlo, un tinto reserva del país, crearon un resultado que literalmente no sabíamos cómo definir. Y la cuestión es que la verdadera clave de que un plato tenga éxito o no es que la materia prima sea lo suficientemente genuina, fresca, natural, como para que cualquiera perciba su verdadera calidad.

Cuando nos sentamos en una mesa y nos disponemos a comer debemos diferenciar entre dos posibilidades, dos perspectivas dicotómicas de un mismo hecho que no pueden coexistir para que tengamos la capacidad de emitir un juicio racional sobre una propuesta gastronómica. Podemos comer, alimentarnos por necesidad, sin buscar extras ni ningún esfuerzo que no vaya encaminado a saciarnos. O podemos sentarnos a la mesa, porque tenemos la suerte de disponer del suficiente tiempo libre y la suficiente capacidad adquisitiva como para disfrutar de una velada en compañía en el restaurante que deseamos y pagando lo que nos interese. En ese caso, si tenemos claro que nos disponemos a disfrutar, a experimentar, a ponernos en las manos de profesionales, es cuando hacemos responsables a esos profesionales de nuestro placer, y es por tanto cuando sí tenemos la obligación de atender a todos esos matices, que en principio aquella ensalada ilustrada no nos va a aportar.

Es entonces cuando del humus con anchoas, helado de pimientos asados y salsa romescu (que pude probar en uno de los restaurantes más aconsejables de esta ciudad), no atendemos solo a que el helado sea un descubrimiento para el cerebro y el paladar, sino también a que la anchoa cumpla y sobrepase a la perfección todos los parámetros que se le deben exigir, que el humus presentado en un cuadrado perfecto sea un regalo para la vista flanqueado por una lágrima de romescu, y que la sensación global al introducirnos todos los elementos en la boca sea armónica y en resumen, plenamente placentera. Es entonces cuando damos el visto bueno a deconstrucciones y gaitas.

Manu Jiménez

Porque el RON también existe

Con este reivindicativo título realizamos una degustación guiada el dia 28 de julio.

Nuestra intención es popularizar el ron. Nos hemos encontrado con que este producto es un gran desconocido, a pesar de consumirse profusamente.

Comenzamos dando unas pautas sobre la importancia de la caña de azucar, su historia y la distribución geografica de este cultivo.

Pasamos a beber dos rones de distinta procedencia y, por supuesto, muy diferentes. Los consumimos enfriados (straight up) y sin ningun mezcla. Propusimos casarlos con cuatro trufas distintas buscando las conjunciones y divergencias con los sabores básicos de las trufas, que fueron: chocolate, vainilla, cafe y caramelo. Las trufas  las elaboraron para la ocasión seleccionando un chocolate al 70% de cacao procedente de Ecuador, Guayaquil, de la prestigiosa marca Barry.

En la siguiente fase nos concentramos en el trago largo. Pero prestado atención, no solo al ron, sino tambien a la calidad del refresco. Elegimos la ancestral marca britanica Fentimans. Epitomía de la artesanalidad en la elaboración de refrescos.

El trago largo que más sorprendio fue un Capitan Morgan black con una cerveza de genjibre (variante simple del celebre Dark and Stormy). Refrescante y picante con notas dulzonas provenientes del tipo de ron.

 

Ya tenemos prevista una continuación:  haremos una inmersión en los rones de estilo francés.

Podeis encontrar fotos del evento en nuestra direccion:

http://lapapilacritica.ixy.de

X Cena de hermandad «Asociación Sumilleres de Aragón»

El pasado día 27 de junio se realizó la X cena de hermandad de la Asociación de Sumilleres de Aragón (ASA). Este evento no se puede considerar solo como una cena de asociación sino como un punto de encuentro para la creación y  la generación de sorpresas.

Magistralmente dirigida por Pepe Puyuelo  y Jesús Solanas como presidente  y vicepresidente, respectivamente, de la asociación.

 Las imágenes que constituyen el cuerpo de este post son copias de la minuta que desarrolla el largo y especial ágape que nos ofrecieron en el restaurante Novodabo de Zaragoza.

Este año, como novedad en el desplazamiento, nos recogieron unas limusinas en las que pudimos catar distintos vinos comprados en grandes superficies.

Una vez sentados y tras las presentaciones de personalidades tomamos un vermú. Paso obligado en toda comida que se precie. Para esta ocasión:

Lo acompañamos con:

Empezamos la comida.

En matrimonio con

Nos fuimos a la magnífica bodega que veis

Para esta joya un producto cada día más escaso

Continuamos con Jean Paul Deville, un espumoso de la denominación más famosa,  A.O.C Champagne. Era un Brut Selection en formato Mathusalem ( 5 litros ).

Acompaño a:

El siguiente plato no me dio tiempo a hacer la foto. Exquisito.

 Seguimos con:

Tocaba cambio de vino.

Casado con:

Un salto y nos encontramos con el vino del «Padrino».

La comida que acompaño a este clásico:

Con estos quesos llegó nuestro guiño a ese grande que fue D. Pedro González Vivanco.

El final de la comida estaba próximo. Nos acercabamos al momento de los espirituosos. La minuta hace una escabrosa referencia a Vlad «el empalador»:

Y en la despedida:

Sin duda, otra experiencia inolvidable.

Gracias a Pepe Puyuelo y Jesús Solanas, artifices de esta cenita, por la dificultad y el trabajo  que conlleva organizar un evento tan especial como este.

Willians Chase Elegant

Bajo este pomposo nombre de lord inglés encontramos una ginebra realmente interesante.

La Williams Chase Elegant Crisp  es una ginebra bastante reciente en el mercado español, fabricada por Chase Destillery Ltd. en Ledbury (Herefordshire), en el reino Unido. Esta destilería se diferencia de otras por utilizar para sus alcoholes productos base poco habituales a nivel comercial:  patata para el vodka o la manzana para la ginebra.

Se obtiene de  una doble destilación. Primero se obtiene, por destilación,  un alcohol base proveniente de la fermentación de manzanas de la variedad Bramley, que aportan un particular aroma frutal al destilado, se infusionan en este alcohol  los botánicos y después se vuelve destilar.
Los botánicos utilizados son enebro, corteza de naranja, ralladura de limón, naranja, cilantro (coriandro), regaliz, angélica, raíz de lirio (irris), lúpulo, flor de saúco y manzana verde.
Los aromas de esta ginebra  son complejos con notas de cítricos y fruta de manzana, regaliz y enebro. Su paso en boca es largo con un agradable equilibrio entre lo sabores cítricos y especiados, de flor de saúco, con la omnipresencia del gusto de la manzana.


La ginebra es muy curiosa por la originalidad de las manzanas en su composición que la hacen personalísima y distinta a todas las demás.

Sin duda estará en alguna de  nuestras próximas degustaciones de gintonic.

Para quitar la sed: salmanazar

Si te digo magnum y hablamos de vino seguro que sabes que me estoy refiriendo a una botella con un contenido de 1,5 litros.  Pero, ¿sabes la medida que indica, por ejemplo,  un jeroboam?

Al igual que existe esa referencia de tamaño, hay más medidas con nombres própios.

La lista completa sería:

  • el octavo: de 9,4 cl (en desuso)
  • el cuarto: de 18,75 ó 20 cl, que en España se denomina «benjamín»,
  • la media: 37,5 cl
  • el medium: 60 cl (en desuso)
  • la botella: 75 cl
  • el magnum: 1,5 L (2 botellas)
  • el jeroboam: 3 L (4 botellas)
  • el réhoboam: 4,5 L (6 botellas)
  • el mathusalem,: 6 L (8 botellas)
  • el salmanazar: 9 L (12 botellas)
  • el balthazar: 12 L (16 botellas)
  • el nabuchodonosor: 15 L (20 botellas)
  • el salomón: 18 L (24 botellas)
  • el souverain: 26,25 L (35 botellas)
  • el Primat: 27 L (36 botellas)
  • el melchizédec: 30 L (40 botellas)

Para que os hagais idea de los tamaños, la Salomon tiene una altura de 75 cm, una circunferencia de 70 cm y llena pesa 25kg.

Si os apetece daros un capricho podeis comprar una botellita de Chateau Haut-Brion embotellado en el 2000 y calificado primer cru en formato balthazar por, tan solo, 4000$.

Insignificante dinero comparado con la botella de Burdeos Château d»Yquem de 1811 por la que un hostelero de Bali ha pagado 84700€.

Vanneque, propietario del establecimiento SIP Sunset Grill en Bali, que se inaugurará en septiembre, se declaró encantado de haber adquirido esta “joya».
“Esta botella será un elemento central para mi nuevo restaurante”, afirmó

No sabemos si porque tras ese desembolso no le habra quedado dinero para terminar de montar el restaurante o porque con el menu obsequiara una foto personalizada sujentando la botella.

 

Ayles garnacha, Gran Baco de Oro Premio Luís Hidalgo

Los premios Baco son actualmente uno de los mayores reconocimientos que un vino joven puede conseguir. Los otorgan un comite de 60 jueces pertenecientes a la Unión Española de Catadores en estricta cata ciega.

En esta ocasión,  coincidiendo con la 25ª edición, se cataron los vinos del 2010 y se entregaron los premios Baco oro, plata y bronce para las distintas categorias de vinos jovenes.

Los vinos se agruparon en:

-Blancos sin crianza elaborados con variedades no aromáticas.

-Blancos sin crianza elaborados con variedades aromáticas.

-Blancos sin crianza elaborados con variedades aromáticas foráneas.

-Rosados sin crianza.

-Tintos sin crianza de la variedad Tempranillo y sus sinonimias.

-Tintos sin crianza de otras variedades.

-Blancos elaborados en contacto con madera.

-Rosados y tintos elaborados en contacto con madera.

-Dulces y semidulces.

-Vinos blancos, rosados y tintos elaborados con o sin madera a partir de uvas procedentes de agricultura ecológica.

Bodegas Ayles, con su Ayles garnacha 2010, ha conseguido el reconocimiento que da título a este post. Dicha mención significa que fue el vino que en esta convocatoria, frente a otros 100 vinos, obtuvo mayor puntuación en la cata.

Aquí os dejo la lista completa de los Premios Baco 2010.

 

Mojito molecular

Eban Freeman, un maestro coctelero de Nueva York, ha reinventado el Mojito. En colaboración con Bacardi, y empleando las técnicas de gastronomía molecular desarrolladas por chefs como Heston Blumenthal y Ferrán Adría, ha desarrollado el combinado bautizado como Mojito Superior Bacardi.

La técnica de Freeman para prepararlo se basa en congelar con nitrógeno líquido, esferificándola, una mezcla de hojas de menta hechas puré, zumo de lima, y gelatina. Esta mezcla se combina con ron Bacardí espesado con xantana, para crear una bebida en la que las perlas de menta y lima aparecen suspendidas en el líquido.

Os dejo un video con el desarrollo completo.