Que viene el coco

Pasteles, champús, recipientes, lubricantes, arma arrojadiza… Posiblemente no haya un alimento más versátil como el fruto del cocotero. En sánscrito esta planta recibe el nombre de kalpa vriksha, que significa “el árbol que proporciona todas las cosas necesarias en la vida”; en malayo se le conoce como pokok seribu guna, “el árbol de los mil usos” y en las Filipinas suele conocérsele como el árbol de la vida. Los indonesios dicen que existen tantas posibilidades de aprovechamiento del coco como días tiene el año, y lo más seguro es que no exageren lo más mínimo al hablar de esta nuez, la más dura, pesada e importante del mundo.

El origen de su nombre está relacionado con un gran explorador injustamente olvidado por la fama: Vasco de Gama. En el primer viaje, Colón navegó con el viento a favor 4.200 km –de Gomera hasta Bahamas- en 36 días. El trayecto de Vasco de Gama requería una elevada pericia como marino: tuvo que viajar hacia el sur del Atlántico con corrientes y vientos desfavorables por medio del océano. Partió de las islas de Cabo Verde y llegó al Cabo de Buena Esperanza tras 600 km, muchos menos que los recorridos por Colón pero para los que necesitó 93 días. Desde allí dirigió su proa hacia Calicut, en la costa sudoeste de la península india, donde llegó el 22 de mayo de 1498 y tras superar gran cantidad de inconvenientes. La habilidad de Vasco de Gama para dirigir a su tripulación durante tantos días en alta mar, su pericia para tratar con los musulmanes hostiles que habitaban en Mozambique, Mombasa y Malindi, convirtió su travesía en una hazaña jamás lograda hasta entonces.

Cuando Vasco de Gama anduvo por aquellos parajes el fruto del Cocos nucifera, una palmera esbelta que alcanza los 25 metros de altura, le recordó a sus marinos la forma de la cabeza de un mono, macaco en portugués –y abreviado coco–, de ahí su nombre. Si tiene que escoger un lugar para vivir la palmera prefiere los terrenos arenosos, aunque también admite alturas de 600 metros, y soportan tanto lluvias torrenciales como terribles periodos de sequía. Empieza a dar sus frutos cuando tiene 5 años, aunque su mejor momento es a los 15. Colgados de largos racimos, un cocotero produce anualmente entre 50 y 100 frutos que tardan un año en madurar.

El coco es como el cerdo pero en vegetal: se aprovecha todo. La cáscara (endocarpo), una vez pulida, sirve para elaborar cuencos, cazos, cucharas, balanzas, pipas de agua o cajas de resonancia para instrumentos parecidos al violín. También sirve para hacer peines, mangos de cuchillo… y con su carbón vegetal filtros para máscaras de gas y en algunos países, combustible.

Las ásperas fibras que componen la cáscara son una materia prima prodigiosa para la artesanía tropical: los hilos o cuerdas hechos con ellas poseen una extraordinaria resistencia a la rotura y a la destructora acción del agua de mar: esteras, cepillos, relleno de almohadas y colchones, y cabos y cuerdas para embarcaciones. Y algunos médicos de las islas Fidji han elaborado un hilo que, convenientemente esterilizado, se usa como sutura.

Esto es sólo lo que hay fuera. Pero como todo en esta vida, también debemos fijarnos en su interior. Adherida a la cáscara encontramos una pulpa blanquecina y carnosa bañada en un líquido dulzón, el agua de coco, muy apreciada como refresco. Ésta contiene azúcares, fibra, proteínas, antioxidantes, vitaminas y minerales lo que la convierten en una excelente bebida isotónica que ríete tú de Acuarius y bebidas similares. De ella se obtiene por fermentación bacteriana la nata de coco –conocida por este nombre también en el mundo anglosajón y cuyo nombre es producto de la colonización española de Filipinas–, que es muy apreciada por su alto contenido en fibra y nula cantidad de grasas y colesterol.

La pulpa del coco es la base de una próspera industria de las islas Mauricio, Madagascar, Mozambique, Tanzania, Togo, Indonesia, Sri Lanka y Filipinas, donde es ésta última el mayor exportador mundial de coco y productos derivados: dos millones de hectáreas de cultivo y que emplea a más de 12 millones de filipinos.

Todos hemos probado alguna vez esos pastelillos con virutas de coco, obtenidas al rallar la pulpa. Claro que como tiene más del 30% de materia grasa, también se puede exprimir utilizando una prensa, cheku. La producción de pulpa prensada o copra –del malayalam koppara (coco seco), idioma del estado de Kerala, en el sur de la India; uno de los 22 idiomas oficiales de la India y hablado por unos 30 millones de personas–, es de varios millones de toneladas anuales, a pesar de que 30 cocos sólo producen 4,5 kilos. ¿Por qué tantas toneladas? Porque proporciona los mayores ingresos a los productores de coco. Introducida en Europa hacia 1860, suministra el aceite que se utiliza en la industria cosmética, lociones bronceadores, cremas para afeitar, jabones, emulsiones lubricantes o sucedáneo de la mantequilla, pues solidifica a 23 grados formando una sustancia amarillenta y de aspecto mantecoso. Por su parte, una vez extraído el aceite, los residuos de copra poseen un gran valor nutritivo al contener hidratos de carbono y proteínas que se utilizan para pienso animal y como fertilizante.

Si tomamos la ralladura de coco y la procesamos con agua o leche caliente obtenemos la leche de coco, con un 17% de grasas. Dejándola reposar y enfriar obtendremos la crema de coco, que es como la nata de la leche: aparece en la parte superior del recipiente.

Pero la cosa no acaba aquí. De la savia del cocotero –cuyos troncos y hojas sirven para construir cabañas- se destila un licor que hace las delicias y borracheras de los nativos. También sirve para elaborar levadura para el pan y mezclado el azúcar de la savia con cal y otras sustancias, se fabrica cemento. Y no olvidemos los brotes tiernos de palmera en las ensaladas, de los que se dice que son exquisitos. O si queremos preparar la llamada “ensalada del millonario” sólo tenemos que comprar el corazón de la palmera, o palmito –¡ojo! La que encontramos en conserva en los supermercados se extrae de la Chamaerops humilis, la única palmera nativa de Europa–. Su nombre se debe a que su recogida mata la planta.

Sin embargo, el coco también encierra sus misterios. En particular, su origen y cómo pudo expandirse por todas esas islas sin la ayuda del hombre. ¿Flotando? Podría ser, pero se ha demostrado que los microorganismos marinos se cuelan por las partes más débiles de la cáscara y acaban estropeándolo. Lo que sí sabemos que no es cierto es esa conocida afirmación de que es más fácil morir por la caída de un coco que por el ataque de un tiburón. De hecho, suele decirse que mueren 150 personas al año por culpa de un golpe de un coco en la cabeza. Teniendo en cuenta que cae desde 25 metros, una simple cuenta nos dice que la velocidad de impacto con nuestra cabeza es de 80 km/h, que con los dos kilos que suelen pesar los cocos es suficiente para romper huesos y provocar un coma si cae en la cabeza. Sin embargo, ni el artículo de Peter Barss en el Journal of Trauma en 1984 titulado “Daños debido a la caída de cocos” –que informó de 9 lesiones en Papua Nueva Guinea, ninguna fatal– ni el de 2001 de Mulford y colaboradores, publicado en el ANZ Journal of Surgery –la mayor revisión de lesiones relacionadas con los cocoteros– informan de ninguna muerte debido a la caída del coco. Los tiburones pueden devorarnos tranquilos sin que peligre su liderazgo.

 Texto: M.A Sabadell
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