Jumillagate

Tras este título se oculta un “affaire” que ha terminado con el cese de Jay Miller, mano derecha del famoso prescriptor de vinos  Robert Parker.

Os copio un artículo de Antonio Casado publicado en “elmundovino”  donde nos da una opinión personal de Jay Miller y Pancho Campos. Bajo el nombre  “Campo – Miller un recuerdo personal”, el Sr. Casado nos refiere sin pelos en la lengua su parecer sobre estos dos catadores.

“En la última semana las redes sociales se han llenado con fotografías de dos personajes del vino, Jay Miller y Pancho Campo MW, a cuya proximidad me condujo el azar hace ya unos años. Espero que esta breve (o no tanto) memoria sirva para arrojar algo de luz sobre la polémica que recientemente ha inundado la red. Empezó así: corrían los primeros meses del 2007, yo había apenas iniciado mi andadura con la gente de ‘Vino + Gastronomía’ como director técnico de La Nariz de Oro y redactor jefe de vinos en esa emponzoñada casa, tras casi un lustro bajo la infinitamente más sugerente y generosa ala de José Peñín, cuando saltó la noticia: Jay Miller, el catador que Robert Parker había designado unos meses atrás para la cata y puntuación (entre otros) de los vinos españoles, acababa de otorgar 100 puntos a cinco vinos nacionales.

Ni corto ni perezoso, a sabiendas de que era propietario (o al menos accionista) de una tienda de vinos en Baltimore, llamé y pedí hablar con él. La joven que respondió me comunicó que desde su incorporación al equipo de ‘The Wine Advocate’, Jay se había desvinculado del negocio (supongo que por una cuestión cercana a las siempre delicadas “incompatibilidades”), pero no obstante me acabó ofreciendo su dirección de correo electrónico, y le escribí una muy amable y divertida petición de entrevista a la que accedió en cuestión de horas. En principio pensé en enviarle un formulario y saldar el asunto de ese modo práctico aunque impersonal, pero tras una breve reflexión opté por algo mejor. Una semana después volaba a Washington; de allí viajé en un destartalado tren hasta Baltimore, a cuya estación Jay, en un extraordinario gesto de humildad, me vino a recoger.

Fuimos a comer a un mediocre restaurante francés, bebimos (abundantemente) vino francés, hablamos durante tres horas de lo divino y lo humano, pero mayoritariamente (y sin grabadora de por medio) del ejercicio crítico, y pude constatar ‘grosso modo’ que nuestro personaje era un buen tipo, afable y suficientemente ameno, gran comedor y bebedor y sólo un mediocre catador. Lo más relevante de entre lo “confesable” fue, además de la confirmación de que jamás había pisado suelo español, el adquirir conocimiento de cómo un doctor (de ahí el “Dr.” que hacía constar por entonces delante de su nombre) en psicología infantil como él había accedido a un puesto de tamaña responsabilidad crítica: él y Robert Parker formaban parte desde hacía varias décadas de un club de cata local (llamado algo así como “Oenarchs”, o “monarcas del vino”), y ante la pérdida de confianza de Parker en su anterior equipo de cata (también con ellos creo recordar hubo polémica) prefirió una persona próxima y de suma confianza a alguien con un currículum más perfiladamente “vinícola”.

Tras la comida, y movido supongo por buenas sensaciones hacia mi persona y/o perfil profesional, sugirió hacer la entrevista “oficial” en su propio domicilio. Así, me condujo en su coche hasta una antigua granja a unas 30 o 40 millas de la ciudad, un sombrío edificio de madera de una sola planta a escasos quince minutos de la residencia de Parker. Desde que cruzamos el umbral, todo lo luminoso y ágil de su conversación hasta entonces pareció transformarse en sombras, pesadumbre y un elevado grado de melancolía cuya procedencia me fue revelada en los siguientes minutos cuando, antes de sentarnos para la entrevista, me mostró una más que interesante bodega repleta no sólo de los mejores vinos sino de abundantes fotos suyas y de Parker, mayoritariamente en Francia y acompañado de la esposa de Jay, fallecida apenas tres años antes.

Era notable el modo en que el crítico parecía haberse esfumado y el viudo más o menos reciente había acaparado todo su inmenso ser. De vuelta en el piso superior me mostró su espacio de trabajo, una amplia sala con numerosos ventanales en el centro de la cual había una grande y sólida mesa de madera rodeada de un mar de botellas, en su mayoría vinos chilenos cuya cata me comunicó iba a emprender al día siguiente.

El secreto de los 100 puntos

Fueron varias las cosas que se me significaron al instante: el volumen de botellas y su aleatoria disposición en el suelo implicaba que la cuestión “óptima temperatura de cata” no se contaba entre las prioridades de Jay; tampoco el más exacto respeto al producto y su naturaleza, puesto que blancos, tintos y rosados se rozaban los hombros, y los numerosos gatos con los que Jay convivía (supongo que como lógica fórmula para intentar paliar su soledad) campaban a sus anchas entre etiquetas de una sauvignon blanc cuya fidelidad a la tradicional nota de “pis de gato” se me antojó iba a resultar singularmente exacta; en cuarto lugar, hallar que el único objeto sobre la mesa fuera la edición inglesa de la guía 2007 de mi maestro, José Peñín, de la cual yo había sido coordinador y máximo catador (casi 5.000 de la 7.500 muestras catadas), la cual había significado mi último trabajo con la editorial de Arga apenas unos meses atrás.

La sorpresa de Jay al ver mi foto en la solapa fue tan grande como la posterior constatación mía (ya de vuelta en España) de que la mayoría de las puntuaciones del ‘The Wine Advocate’ para los vinos españoles ese año rondaban sospechosamente las contenidas en la edición de la Peñín. Nos sentamos finalmente a una entrevista que resultó menos sugerente de lo anticipado porque ya he dicho que el humor de Miller en su propio hogar se había teñido de melancolía, y en la cual la más notable revelación fue la de que sus “cinco cienes” a sendos vinos españoles respondían a una fácil fórmula que podría resumirse en aquello de hallarse nuestro hombre “entre la espada y la pared”.

Su jefe, Robert Parker, había puntuado con 99 puntos la añada precedente, 2003, de los cinco vinos; ante la evidencia de que la subsiguiente, 2004, era notablemente mejor, no le quedó a Miller más remedio que pujar al alza y añadir exacta y obligatoriamente un punto. Como quiera que la jornada se había alargado más de la cuenta con la larga comida y el viaje en coche hasta su domicilio, la urgencia por regresar a Baltimore hizo que dejara mi abrigo colgado en la percha de la entrada. Se lo pedí con posterioridad pero dijo no haberlo encontrado en la casa. Yo sospecho que los gatos hicieron de él una réplica exacta del ‘aflecado’ modelo de Buffalo Bill.

Dos años más tarde, en la primavera de 2009, a punto de regresar yo desde Ciudad Real en el tren lanzadera tras la última jornada de Fenavin, coincidí en el bar de la estación a escasos minutos de la partida con el recientemente proclamado Master of Wine (MW), Pancho Campo, y su numerosa cohorte. Entre sus más enfebrecidos apóstoles se encontraba Esteban Cabezas –director a la sazón de su igualmente novedosa Wine Academy of Spain– con quien me senté durante la entera hora del viaje de regreso. Esteban, entre la emoción y la velocidad (del tren y de su palabra) me anticipó que estaban buscando un perfil de catador muy parecido al mío, con conocimiento exhaustivo del vino español pero con capacidad de comunicar en inglés, para sustituir a Pancho en unos cursos que tenía comprometidos en EEUU y que por razones, oficialmente, de salud no iba a ser capaz de cumplir.

A finales de junio y con dos días de antelación me llama para comunicarme que el “casting” va a tener lugar el siguiente fin de semana. El primer día consistió en una toma de contacto con Pancho y su método de cata, que no difería –acaso sólo simplificado– del que emplean los Masters of Wine y la WSET, el instituto cuyos programas de estudio preceden necesariamente a la conclusión del título. Recuerdo de aquel día tanto el dominio de Pancho Campo de los tempos de su alocución como la medianía más que evidente en su método deductivo en cata a ciegas, asunto por otra parte fundamental para la WSET en la formación de sus catadores.

Al cierre de la jornada se nos conminó a los presentes a preparar para la mañana siguiente una presentación de media hora sobre una determinada región, en mi caso las Rías Baixas. Ya por la mañana fueron pasando los catadores con sus respectivas presentaciones, siempre con más sombras que luces y sin provocar en ningún momento la más mínima emoción en Pancho. Tras la mía, sin embargo, recibí espontánea, pública y literalmente su aplauso.

Evidentemente no tengo ni creo que tendré jamás sus “tablas”, su absoluta y sensacional soltura desde la palestra, pero creo que defendí con suficiente solvencia, conocimiento de la región y dominio del inglés mi asignada media hora.

Como premio me fue entregado el primero de los cursos trasatlánticos, que iba a tener lugar en Denver (Colorado) en apenas dos semanas. La noche previa al vuelo recibí finalmente el PowerPoint del curso a través de Esteban Cabezas, quien me iba a acompañar en calidad de director de la Spanish Wine Academy. Esa tardanza, amén de la pobre calidad del material recibido –a todas luces insuficiente, para empezar, para cubrir un programa de tres días–, no presagiaba nada bueno. Mis peores augurios se vieron ampliamente confirmados cuando ya en Denver supimos que no íbamos a poder recibir parte de los vinos que iban a ser catados durante el curso, los cuales Esteban decidió suplir con otros de ínfima calidad comprados a precios de saldo en una de las tiendas locales.

El curso diseñado por Pancho Campo y promocionado como una especie de máster en el vino español consistía en dos jornadas en las que se ofrecía una aproximación más o menos superficial a las diferentes regiones vinícolas con la cata de vinos procedentes de las mismas, y una tercera jornada con dos exámenes para los alumnos, uno muy sencillo tipo test sobre cualquiera de las cuestiones expuestas durante los dos primeros días y otro en el cual tenían que acertar ocho vinos –de entre los catados en las jornadas precedentes– en cata a ciegas, si bien se les ofrecía el listado de los mismos, asunto por el cual (por ejemplo el caso de los generosos, que por color y naturaleza ya se delatan suficientemente), por simple eliminación, se podía resolver fácilmente toda disyuntiva.

Desde el primer momento los alumnos presentes mostraron un altísimo nivel de cata y conocimiento y un bajísimo nivel de contemporización tanto con las banalidades del programa (los capítulos dedicados a la promoción de Andalucía con el ‘rebujito’ y la feria de Sevilla como flagelante bandera) como con la pobre calidad de los vinos, de modo que, a pesar de mis esfuerzos y los de Esteban Cabezas (en honor a la verdad más interesado en cumplir el programa de Pancho a rajatabla que en tratar de mitigar la creciente indignación del alumnado), tras el parón de la comida se me acercó una pequeña comisión que habló en nombre de la mayoría que me hicieron saber que, o bien cambiábamos formato y contenido (¡el curso entero, en definitiva!), o se retiraban en bloque y pedían la devolución del dinero de la matrícula (creo que en torno a los 500 $).

Me dijeron que agradecían mi buena voluntad y mi nivel de cata en inglés pero que no iban a seguir soportando que Esteban, movido por un exceso de celo directivo, interrumpiera constantemente mi exposición, en realidad cada vez que me yo me permitía alterar el programa original o criticar la calidad de los vinos (recuerden que algunos de ellos habían sido comprados por tres dólares, eran perfectamente desconocidos para nosotros pero a buen seguro habían atropellado las papilas de más de uno de aquellos alumnos, y no había floritura verbal que pudiera salvarlos de la quema crítica).

Por supuesto que esta inopinada asamblea molestó sobremanera a Cabezas, quien la calificó de “intento de motín”, además de negarse a variar un ápice del programa. Con ello, y casi sin querer, Esteban descubrió el pastel: no solamente las bodegas pagaban un elevado precio por la presencia de sus vinos, sino igualmente diversas administraciones públicas, consejos reguladores y otras instancias diversas del sector habían sido convenientemente sableados para que se hablara de ellos en EEUU, y ese protocolo “financiero” era el único aceptable para el conjunto del curso. Todo lo demás les resultaba profundamente indiferente.

El clímax de todo este feo cieno lo ofrecía la presentación de Murcia: como Región de Murcia y la DO Jumilla habían pasado por caja, se habló de ellos, pero Bullas y Yecla fueron condenados al más oprobioso anonimato, algo que honestamente me resultó muy difícil de gestionar en palabras porque la propia Región ya las comprende sin poder comprenderlas, no sé si me entienden…

En Fenavin, 2011

Esteban Cabezas, que ha pagado todo ese celo con una deuda por parte de Pancho que supera los 30.000 €, hablaba hace poco de su deseo de alejarse “al menos 10.000 kilómetros” de él.

A base de humor y buenas palabras las aguas volvieron a su cauce para las dos jornadas siguientes, aunque yo no pude evitar en conjunto la sensación de ridículo sumada a la haberme convertido ante los ojos del alumnado en la viva encarnación (o al menos el brazo armado) de un fraude. He visto constatado este sentir en algunos comentarios de antiguos alumnos de mi curso y de los posteriores –yo no quise continuar, pero otros tomaron el relevo– en varios foros, incluido el de Jim Budd, mientras el auténtico hacedor del desfalco se escondía en el ultimo rincón de su mansión marbellí, seguramente fraguando ya uno de los siguientes capítulos en esa tan singular y ‘altruista’ cruzada suya por el buen nombre internacional del vino español. En este nuevo episodio, Pancho Campo regala el papel estelar precisamente al personaje que encabezaba este relato, nuestro sombrío y bienintencionado viudo, Dr. Jay Miller.

De nuevo Fenavin, aunque en la edición inmediatamente posterior a la que me llevó a trabar conocimiento con Pancho Campo, es decir, la más reciente de 2011. Me hallaba catando en el stand de la gente de Ercavio con el fabuloso enólogo y amenísimo amigo Gonzalo Rodríguez cuando al fondo del pasillo aparece nuestro insigne MW seguido unos pasos más atrás por la formidable humanidad de Jay Miller. Pancho me saluda, me habla de su proyecto de foro para Singapur y se gira ligeramente para presentarme a un tambaleante Jay, que me reconoce y abre una boca profundamente ennegrecida por la cata para jocosamente jurar y perjurar que nunca se puso el abrigo que yo me dejara en su casa (su volumen es tres veces el mío, ¡como para intentarlo!).

Yo sabía que Pancho llevaba varios meses paseándolo por España porque había sido un asunto muy seguido y perseguido no solamente por las redes sociales sino también por la polémica. Para algunos, dispuestos a defender que es normal pedir decenas de miles de euros a consejos reguladores y bodegas por llevarles a Jay de visita (Peñín lleva paseándose a lo largo y ancho de la piel de toro de forma perfectamente gratuita durante muchos años, en mi compañía y sin ella), ese tipo de empresa es casi “labor social”. Para otros, entre los que me cuento, el asunto huele manifiestamente mal. Sé que en las últimas visitas a bodegas Jay Miller les ha hecho firmar un documento que pudiera dar fe de que él no ha recibido cantidad alguna por las mismas, un tardío intento por tratar de curarse en salud. Lo que sí es cierto es que esas peticiones económicas han tenido lugar, y han sido enviadas y firmadas por Pancho o alguno de sus colaboradores.

Pero tal vez lo que más chirría es el modo en que Pancho ha tratado en alguno de esos documentos (publicados recientemente en el blog de Jim Budd) de excusar el elevado precio de la factura ¡haciendo de Miller escudo humano!; es decir, contando a los cuatro vientos cómo los honorarios requeridos por Jay (sic) son de tanto y tanto (en torno a los 20.000 € diarios) pero que al parecer el buen hombre estaría dispuesto a cierta rebaja.

En efecto, en un e-mail enviado desde Italia por Campo a su directora comercial y rebotado por ésta a la DO Vinos de Madrid, afirmaba: “Las visitas privadas fuera de agenda, como es esta, se hacen en contadas ocasiones por un precio no inferior a 40.000 euros. El que Jay haya aceptado quedarse 2 días más por la mitad del precio habitual es un milagro y una oportunidad que Madrid difícilmente volverá a tener”.

Desconozco el grado de implicación de Jay Miller en la trama de Pancho. Pero en mi opinión la hipótesis más plausible, desde el punto de vista del carácter de los personajes implicados (ese apunte de personalidad es el que trataba de traducir en el retrato de ambos contenido en mi texto) es que uno, el astuto, ha llevado al otro, el manso, por los caminos y el modo que el primero ha apetecido. Creo además que todo ello reafirma que Pancho Campo, con independencia de los galones impuestos por el MW que ahora ‘colea’ tras su nombre a modo de colofón, de segundo apellido, sabe que como catador nunca llegará al hermoso aunque aún no del todo castellano sustantivo de “prescriptor” que Peñín o Miller sí han logrado, y que su único camino hacia la fama depende de otras habilidades más prosaicas, incluidas las que le vienen haciendo famoso últimamente, aquellas que tanta sospecha acaban vertiendo sobre un sector necesitado de todo menos de eso.

Me gustaría que alguien le explicara a Miller en qué posición (la de exigente consultor a razón de 20.000 € diarios) le ha puesto Pancho en documentos redactados en español, que seguro que cuando Jay se entere, en plena cola del paro, no le va a hacer gracia alguna. Y puede que hasta nuestro rollizo degustador americano tenga amigos en la Interpol.”

 

Fuente del articulo copiado: elmundovino.com de elmundo.es
About these ads

  1. 1. El Sr. Casado conocía con anterioridad, deduzco después de leer su artículo, el nivel de profesionalidad y los “tejemanejes” de Pancho Campos y Jay Miller. Pregunta:¿Porqué no denunció (publicó) la situación antes?
    2. Es difícil asumir que Robert Parker desconociera la trayectoria de su colega, con el que tenía gran relación y confianza. Jay Miller realizaba el trabajo sucio;por eso ha sido “sacrificado”,….. ¡para dejar limpio al Gran Gurú!.
    Propongo volver a visionar la película MONDOVINO, de Jonathan Nossiter, en la que queda diáfana la posición de R.Parker y de alguno de sus acólitos, como la del cínico Michel Roland (ver el pasaje en su visita de asesoramiento a Château Gay (Pomerol), con la micro-oxigenación, o el de las declaraciones del funcionario francés encargado del control de fraudes).
    3. ¿Hasta cuando los magníficos profesionales del vino españoles van a permanecer callados ante la vergonzante “dictadura” (por lo de “caradura”) de los “hacedores” de opinión (¡que no críticos!)? Por ejemplo, es hilarante que los “gurús” hayan descubierto, de repente, el potencial de una determinada variedad, la garnacha, como si antes no existiera. Solamente hay dos explicaciones: mienten ahora o, antes, no tenían ni “repajolera” idea de vinos; no la conocían o solamente estaban a los que más “suenan”, a los que salen en los “papeles” (revistas especializadas).
    4. ¿Cuando se enterará el consumidor sin criterio propio, el habitual “consumidor” de las diferentes guías de vinos, que están jugando con él y que está siendo manipulado?. Los “paneles de cata” de las diferentes guías y revistas catan, en cada edición, un número limitado de vinos; nunca catan la totalidad de los vinos de una región vitivinícola, de una D.O. o de los monovarietales de una misma variedad de uva?. Ellos están ofreciendo su “verdad”, la mayor parte de las veces interesada; muchos vinos honestos y con calidad quedan sin catar ni valorar. Los enólogos mediáticos, los tecnológicos que presumen de ósmosis inversa y de taninos pro-antocianídicos, esos que están a la “moda”, posiblemente vendan mucho (?); pero, a la vez, están consiguiendo que muchos consumidores y “amateurs” se alejen cada día más del mundo del Vino.¡Que se lo digan al mercado!

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s